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MUNDIAL DE RUSIA 2018

Una nueva generación de porteros

Hans Tilkowski, el guardameta alemán que recibió el gol que nunca entró

Hans Tilkowski saluda a Lev Yasin tras el Alemania Federal-URSS del Mundial de Inglaterra 1966.

Héroes de otros tiempos (I)    HANS TILKOWSKI


Mis primeros recuerdos de un Mundial llegan de Inglaterra, y de aquel televisor Telefunken al que unos meses después de celebrarse el campeonato, le hicieron un agujero en el lateral para acoplar un misterioso artilugio circular que servía para poder ver el UHF, un avance similar a la llegada del hombre a la Luna. Así de bestias eran aquellos años en los que todo era hardware en estado puro,  las sutilezas del software no habían llegado a las tecnologías de la información, si así se puede denominar al televisor lleno de válvulas que teníamos en el salón y que, por cierto, me sirvió también para ver, a veces clandestinamente, el Mundial de México, que se transmitía a horas intempestivas para un niño, y puede que también para el de Alemania 1974; que en aquellos tiempos la obsolescencia programada no se había inventado todavía, y cuando fallaba la tele venía Gotzon, que trabajaba en la tienda de mi tío Javier, de la calle Egaña de Bilbao, soltaba la trasera, cambiaba las lámparas fundidas y a correr unos meses más.

De aquel Mundial de Inglaterra no recuerdo mucho más que la final del estadio de Wembley, pero de aquel día sí que tengo bastantes imágenes en una memoria todavía no demasiado castigada por el paso de los tiempos. En el portal de al lado de mi casa vivía un matrimonio alemán, muy serios ellos, a los que mi abuelo no podía soportar demasiado porque tenía todavía vívido el recuerdo de la colaboración nazi con Franco. De hecho, para ir a trabajar tenía que coger el tren, pero daba un rodeo para no pasar por delante del antiguo Batzoki (ahora otra vez lo es), que albergaba en aquellos años un colegio de Falange.

Pero sigo. En el tercer portal del bloque, que estaba construido sobre las antiguas huertas de mi bisabuela, en las que recuerdo que había cerezos, vivía una familia inglesa. A estos era yo el que no les soportaba. Los niños eran ruidosos y maleducados, la madre era una cosa rara, y si quieren poner cara al padre piensen en un inglés; lo que más rápido les viene a la cabeza cuando alguien les dice: “Imagínate a un inglés”. Pues, así, como lo imaginan, era.

Así que entre el matrimonio serio, reservado y educado del segundo portal, y la familia ruidosa del tercero, yo, que tenía puesta la camiseta del Athletic con el número 9 de Ormaza cosido a la espalda, me decanté por los primeros, porque a los siete años no sabía lo que eran los nazis, y Franco me sonaba a unas siluetas de pintura negra en las paredes del Casino de Algorta y los carteles de “25 años de paz”, que habían sido mi primera lectura callejera poco después de que sor Teresa me enseñara a leer y escribir –con la zurda, porque mi padre impidió que me cambiaran de mano–, en el colegio del Puerto.

Por eso iba con Alemania en aquella final que, ya digo, es el único recuerdo que tengo del Mundial 66. Y de aquel partido sólo me acuerdo de Booby Moore a hombros, con la copa Jules Rimet en alto, y del portero de Alemania, Hans Tilkowski, que según leo en la Wikipedia, es ahora un señor de 82 años.

Tilkowski era en aquellos tiempos, jugador del Borussia Dortmund. Había nacido allí, en una familia con dos hermanas más, Brunilda y Renata. Era hijo de un minero de la cuenca del Ruhr, que vivía en el barrio obrero junto a las vías del tren, y tenía diez años cuando acabó la II Guerra Mundial. Pese a las circunstancias, con la paz floreció otra vez el fútbol, y aunque según  cuenta, tuvo que aprender, como todos los niños del carbón, a guardar y consumir todo lo que era razonablemente comestible, se enroló en un equipo del barrio, y comenzó a jugar de extremo derecho. Pero como desplazarse a jugar lejos de la ciudad era una aventura, un vez el portero del equipo faltó a un partido. Se puso Tilkowski y se quedó para siempre, aunque también le gustaba ponerse los guantes de boxeo y subirse a un ring.

Pero el fútbol y la portería eran lo suyo, así que fue progresando, en el profesionalismo y en la selección. Y llegó al Mundial de Inglaterra, y jugó la final. ¿Y qué recuerdo de Tilkowski en aquella final? Pues la memoria hace extrañas piruetas porque de lo que más me acuerdo es de verle en el suelo, inconsciente, después de un choque brutal con el 10 inglés, Geoff Hurst, que fue su pesadilla en aquel partido porque le metió tres goles, uno de ellos el famoso gol fantasma que no entró en la portería. He visto distintos resúmenes de aquel partido y llego a la conclusión de que sólo resultó lesionado una vez aunque yo recuerde más.

Jugaba Tilkowski con guantes de lana y una gorra plana, también de lana, diferente, por ejemplo, a las que usaba Iribar, pero junto con el guardameta del Athletic, empezaba a formar parte de una nueva generación de porteros que sustituían a las viejas formas de parar lideradas por Lev Yashin, o el brasileño Gilmar. Perdónenme la iconoclasia, pero no he dejado de leer referencias al ruso como mejor portero del mundo, pero también están los vídeos y los resúmenes en película, y qué quieren que les diga, están llenas de acciones de Yashin en las que hace la estatua, corre de un palo al otro desconcertado por un remate, o, directamente se equivoca, como en el gol olímpico que recibió en el Colombia-Unión Soviética del Mundial de Chile, por no hablar del gol de Marcelino en la Eurocopa de 1964, un remate de cabeza desde lejos en el que el ruso se queda quieto mientras la pelota entra en el hueco que deja junto al palo.

Por no irse más atrás, a los tiempos de Ricardo Zamora, aclamado durante décadas como mejor portero de Europa. Hay pocas imágenes del Divino, pero las que existen le dejan en evidencia, en especial las de una derrota de España contra Inglaterra en Higbury por 7-1. Cuatro días después le sustituyó Blasco y España le ganó 0-5 a Irlanda. Siempre es mejor el recuerdo que la realidad.

Por eso creo que a mediados de los años sesenta apareció una generación de porteros con otros conceptos, con entrenamientos más específicos. Banks, Iribar y Tilkowski formaban parte de esa saga de guardametas que se dio a conocer en el Mundial de 1966 en Inglaterra. La fotografía de Tilkowski con Lev Yashin en el Alemania 2, URSS 1 en ese campeonato es una estampa del relevo. Eran ya los porteros modernos, que no desentonaban con el resto del equipo y que con claras modificaciones en su forma de jugar, por los cambios de reglas, elevaron la calidad de los guardametas. Por cierto: a Tilkowski le sustituyó en la selección alemana Sepp Maier.

 

 

 

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